lunes, 13 de noviembre de 2017

Las semillas del colapso


Imagen cortesía de Samuel Teruel


Queridos lectores,

Para mi propia sorpresa, parece que al final éste será mi tercer post consecutivo que versa sobre la cuestión catalana. Realmente quería alejarme de este tema que ocupa un tiempo excesivo en los noticiarios y en las mentes de la gente de aquí, y que además no está demasiado relacionado con la energía - tema principal de este blog - pero me veo obligado a volver a ello porque me interesa mucho hacer una serie de consideraciones sobre lo que ha sucedido durante estas últimas semanas. Esta vez, sin embargo, pretendo poner en un contexto más general, y espero que un poco más útil, diversos aspectos de la crisis española del momento.

No volveré una vez más a recapitular sobre todo lo que ha pasado los últimos años y principalmente en los últimos meses: leyendo mis dos últimos posts (Modelo para recortar/Model per retallar y Saliendo de cuentas) y los enlaces que hay allí deberían ser capaces de hacerse una idea de cómo veo la situación actual (si hace poco que ha llegado a este blog le ruego que no se saque conclusiones precipitadas sobre lo que yo pienso y se lea la buena colección de posts míos que están enlazados, principalmente en el primero de los que pongo arriba). Únicamente glosaré de manera muy breve lo que resulta más relevante para mi discusión de todo lo que ha pasado durante el último mes. Dado que mi objetivo final es intentar ir de lo menos específicamente catalán a lo más generalmente occidental, ruego a mis lectores españoles que no se alteren si ven algunos hechos relevantes omitidos en provecho de la discusión que quiero introducir.

Durante el último mes, la situación político-social de Cataluña ha sufrido un vaivén intenso, un flujo de emociones tremendo, y no sólo en esta que aún lo es comunidad autónoma española, sino en toda España. El 10 de octubre el president Pugidemont proclamó la independencia y casi al mismo tiempo dejó esta declaración en suspenso para abrir un tiempo de negociación con el Estado español. Pasaron los días y quedó claro que la única respuesta que iba a haber por parte del Estado español era la intervención de la autonomía catalana, al tiempo que los fiscales iban estrechando el cerco judicial sobre el Govern de la Generalitat. Al final, tras dudar en una delirante mañana si convocar elecciones autonómicas o proclamar definitivamente la independencia de Cataluña, Carles Puigdemont optó por la segunda opción (o eso fue lo que pareció, como discutiré más abajo), para gran regocijo de las masas de independentistas que le jaleaban en las calles. Como respuesta, el Gobierno de España puso en práctica el decreto de intervención de la autonomía, con la intención inicial de mantener el control durante al menos seis meses. Dos días más tarde, Puigdemont se dio a la fuga y se refugió en Bruselas con cuatro de sus consellers, mientras que el Estado español se hacía con el control efectivo de la Generalitat sin ningún tipo de resistencia. El resto del Govern, que se quedó en Cataluña, fue citado a declarar en la Audiencia Nacional unos días más tarde y metido en prisión preventiva, acusados de graves delitos contra el Estado. Y en ésas estamos: el autodenominado Govern en el exilio intentando (con bastante éxito, todo hay que decirlo) atraer la atención internacional sobre el caso, mientras que en Cataluña y en España todo el mundo está pendiente de los nuevos comicios autonómicos convocados por el Estado para el 21 de diciembre, es decir, en el menor plazo legamente posible, de manera un tanto sorprendente por cuanto contradice las intenciones expresadas de un control de más larga duración de la Generalitat.

Como pasa muchas veces en los grandes conflictos, hay un texto, que trata de aquello de lo que se habla, y un subtexto, que trata de lo que realmente subyace al conflicto. En este caso, a mi modo de ver lo que tenemos es un texto de confrontación nacional que genera una reacción nacionalista exacerbada (como ya me temía hace algunas semanas), mientras que el subtexto tiene mucho más que ver con el intento de estratos cada vez mayores de la clase media de escapar de la inevitable y cada vez más inexorable Gran Exclusión.

Referente al texto del conflicto, vemos un posicionamiento dialéctico muy diferente por parte de las autoridades catalanas y de las españolas. De la parte catalana, la mayoría independentista en el Parlament de Catalunya ha forzado la legalidad para conseguir su objetivo, que no era tanto conseguir la independencia de Cataluña como hacer una representación de la misma. Si uno analiza cuidadosamente lo que ha pasado desde comienzos de septiembre, veremos que los actos verdaderamente punibles desde el punto de visto jurídico han sido las irregulares sesiones de los días 6 y 7 de septiembre, donde esa mayoría se saltó el reglamento de la cámara (al estilo de lo que luego hiciera el Senado español en la tramitación del decreto de aplicación del artículo 155) y el mantenimiento de la convocatoria del referéndum para el 1 de octubre, a pesar de estar la ley autonómica que lo amparaba suspendida por el Tribunal Constitucional. Estas irregularidades pueden y deben ser perseguidas judicialmente de acuerdo con el ordenamiento jurídico español, pero no pasan de ser meros delitos de desobediencia, que podrían acarrear inhabilitación para quienes los originaran, aparte de multas, pero nada más. La pintoresca declaración de independencia e inmediata suspensión del 10 de octubre fue en realidad un acto declarativo, toda vez que el president Puigdemont suspendía una independencia que en realidad no había sido declarada. Más políticamente extrema fue la sesión del día 27 de octubre, en la cual la mayoría independentista declaró finalmente de manera formal la independencia de Cataluña; sin embargo, si se examina la parte resolutiva se ve que lo único que acordó esta mayoría fue pedir a Puigdemont que buscase la manera de implementar la ley de transitoriedad jurídica, en tanto que el texto de la declaración de independencia quedaba en la parte declarativa, sin consecuencia jurídica alguna. Tanto es así que el Diari Oficial de la Generalitat de Catalunya no recoge la independencia de Cataluña como un hecho, y la bandera de España no fue arriada del edificio de la Generalitat. Por el mismo motivo, cuando entró en vigor el decreto estatal de intervención de la Generalitat, los mismos que habían sostenido una retórica prácticamente belicosa rindieron dócilmente la administración catalana al control del Estado, acatando de facto la legalidad española.

Delante de esta gran representación orquestada por los partidos independentistas, la reacción española ha sido, desgraciadamente, excesiva, pues a cada jugada de farol y de escasas consecuencias jurídicas (o incluso sin ellas) de los independentistas, el Estado español ha reaccionado con gran dureza y con acciones de gran calado, cargadas de consecuencias jurídicas que forzosamente se tendrán que acabar volviendo contra él. De entrada, la imagen exterior de España se está viendo muy afectada (cosa que era en parte lo que pretendían los independentistas con esta actuación); y, en el ámbito doméstico, la retórica inflamada del Estado ha dado paso a un resurgir del esencialismo nacional español que puede ser la causa de muchos problemas interiores (y no sólo en Cataluña) en el futuro.

Hay que comprender una cosa: ERC y el PdeCat, que formaban la coalición de gobierno Junts pel Sí (JxS) en el Parlament de Catalunya, son partidos afincados en el BAU (como quedó acreditado hace muy poco) y por tanto la posibilidad de una ruptura descontrolada con España, que hubiera precipitado Cataluña en el colapso, no estaba en modo alguno en su hoja de ruta. Si Cataluña tuviese que ser independiente, tendrían que negociarse un montón de cosas con España: control de fronteras, gestión de recursos hídricos, gestión de infraestructuras en general y particularmente la red eléctrica, la gestión de los residuos nucleares, el transporte del gas natural y de productos refinados, la judicatura, la competencias de policía aún no asumidas por los Mossos d'Esquadra... Una lista larguísima que necesitaría de muchos meses de negociación, y unos cuantos años de implementación. Por ese motivo, nunca ha sido la intención de la coalición JxS proclamar la República por su cuenta y riesgo. Al contrario, lo que se ha pretendido ha sido escenificar esta ruptura al máximo posible pero sin acabar de salirse de la legalidad española, intentando forzar una negociación con el Estado español. El problema es que su representación ha sido demasiado creíble y hasta ahora el Estado español se había tomado el desafío como algo real, en vez de como la gran mascarada que era. Sólo recientemente han comenzado a comprender que se trataba de una boutade, y de ahí la insistencia en los últimos procesos judiciales en que los procesados renieguen del independentismo y declaren que acatan la legalidad española.

Pues no sólo fue el Estado español quién se tragó la bola de que se estaba buscando proclamar la independencia por la vía exprés, sino también toda la base social que les había apoyado con sus votos. En su mayoría, esas masas que ocupaban y aún hoy ocupan las calles para dar su apoyo a los diversos hitos de este proceso creyeron de buena fe que realmente íbamos a ser independientes en un plazo ínfimo de tiempo. El duro choque entre la retórica revolucionaria y una realidad en la que, sin la mínima resistencia, todo sigue supeditado a la legalidad española ha causado altas dosis de incredulidad, decepción y fustración en las filas independentistas, tal y como yo anunciaba incluso antes del referéndum del 1 de octubre. Y de ahí la nueva estrategia de la Fiscalía española, que, siguiendo las directrices marcadas por el Estado, pretende hacer patente entre los suyos que, más allá de la retórica, en realidad sólo había un juego de humo y espejos destinado no sólo a confundir al estado español, sino también a la gente que apoya el independentismo. No es por eso extraño que los partidos favorables a la unión estén poniendo el acento en que los partidos independentistas han engañado a sus votantes. 

Porque es cierto que lo han hecho, les han engañado. Se puede alegar que hacía falta esta representación para conseguir un gran avance, que todo este proceso era el primer capítulo de un historia, la de la independencia catalana, que se tenía que escribir forzosamente de esta manera. Sin embargo, los dirigentes catalanes, que se esperaban que al final el Estado español se sentara a negociar al ver el clamor popular, se han encontrado con la sorpresa de que no hay ninguna posibilidad de negociación y que todo lo que se puede esperar es represión. Por eso se les ve tan indefensos, tan incapaces de reaccionar: nunca pensaron que el Estado español fuera capaz de ir tan lejos.


La represión a gran escala (aunque, seamos honestos, todavía de una intensidad controlada) es una de los fenómenos más interesantes de toda esta historia. El 1 de octubre se verificó la extensión de la represión a sectores de la población que no están acostumbrados a ella. Porque dentro de las grandes hipocresías sociales actuales, la gente "normal", la gente "de bien", acepta que la represión pueda ser aplicada, injusta e indiscriminadamente, a otros, a los marginales, a la gente que algo malo seguramente habrán hecho. Que, de repente, la represión se pueda extender a familias que van con sus niños y sus abuelos a votar, a gente que, a su entender, no estaban haciendo algo malo, es algo que ha dejado en estado de shock a la sociedad catalana, un shock que dejará heridas muy duraderas. Y que se pueda encarcelar a personas "normales" y "de bien", con altas dosis de arbitrariedad, saltándose los procedimientos y garantías procesales, es algo también muy inesperado. Ese tipo de tratos a los cuales la chusma está acostumbrada, pero que no debería sucedernos a nosotros.

Mientras en Cataluña gente común se sorprende de que se les trate como pre-excluídos sociales, en España también se ha producido una reacción que causará tanto o mayor mal en el futuro. Delante de la exhibición masiva de enseñas independentistas en las calles catalanas, muchas personas comunes, también ellos pre-excluídos sociales, se han arropado en banderas españolas, en un resurgimiento nacionalista español, también carente de mucho sentido común y atizado por algo que afortunadamente aún no es común en Cataluña: el odio. Ese odio basado en argumentos de trazo grueso, que motiva debates imbéciles y argumentos grotescos con los que se atiza a diestro y siniestro, y no sólo en Cataluña. Esa rabia mal encauzada que se manifiesta en todo y contra todo, tenga sentido o no, como la de esa funcionaria de la Junta de Andalucía que por algún motivo se cree con el derecho de acosarme de tanto en tanto con vitriólicos desvaríos en forma de correos electrónicos. Curiosamente (o no), a medida que arrecian los rasgos más excluyentes del nacionalismo español se intenta repetidamente desde los medios de comunicación españoles presentar al independentismo catalán como un movimiento de corte fascista y xenófobo, sin entender de dónde viene el independentismo de nuevo cuño. Pues si bien el independentismo clásico tiene una cierta componente nacionalista (aunque probablemente menor de la que se le atribuye), el nuevo independentismo, ése que explica que las ansias secesionistas catalanas hayan pasado en menos de una década de menos del 20% de la población a situarse alrededor del 50% actualmente, tiene mucho más que ver con el deseo de huir de un Estado, el español, que se percibe como inoperante, corrupto y vendido a los intereses del gran capital, descuidando su deber de servicio a la ciudadanía. Nada que sea particular del Estado español, en realidad: este problema se reproduce en mayor o menor medida en todo Occidente, y es en parte lo que explica la situación en Grecia, el Brexit o la elección de Donald Trump en los EE.UU., por no hablar del ascenso de la ultraderecha en toda Europa. Una gran parte de la población de Cataluña ha llegado a creer que la independencia podría ser la solución a sus problemas, en tanto que otra parte de más o menos el mismo tamaño no lo cree en absoluto. Lo mejor de caso es que los argumentos que se exponen a favor y en contra tienen poco que ver con la situación real. Dejando al margen lo sesgado de las contabilidades económicas que presentan los exponentes de uno y otro lado, es cierto que la independencia de Cataluña sería una oportunidad para construir un nuevo Estado mucho más justo y social, en el que se limitara la capacidad de cooptación del poder económico y que incluso se contemplara como política de Estado la necesidad de abandonar el crecimiento y apostar por la dimensión social. Pero no es menos cierto que teniendo en cuenta quién está a los mandos de la nave, en vez de dirigirnos a Ítaca más probablemente acabaríamos llegando a Nueva España, donde todos los vicios que creeríamos estar dejando atrás se reproducirían a una escala más local pero no necesariamente menos corrupta. Por el otro lado, los argumentos esencialistas españolistas se están utilizando para ocultar o como mínimo minimizar el proceso de deriva de la clase media hacia la Gran Exclusión vía devaluación interna; la gente se olvida de su tránsito a la miseria mientras se centra en denostar a los malvados catalanes. Mientras tanto, el Estado va derivando cada vez más claramente al autoritarismo (como se ve en el caso de la intervención de las cuentas del Ayuntamiento de Madrid). Como tantas otras veces, la sociedad se rompe en dos bandos antagónicos de similar tamaño sin que uno de los dos domine con total claridad, simplemente porque el verdadero problema se sitúa en una dirección completamente diferente de aquélla por la que se está moviendo (probablemente de manera interesada) la discusión pública. Eso explica en parte el fracaso relativo de la última jornada de huelga general del día 8 de noviembre, si no convocada al menos capitalizada por el independentismo. Quizá se esperaban un paro tan absoluto como el del 3 de octubre, pero si bien entonces la gente estaba aún en estado de shock por los hechos del 1 de octubre, el 8 de noviembre probablemente pesó mucho más la cuestión económica, y es que la realidad es que mucha gente no se puede permitir el enorme lujo de parar un día.

¿Y si el colapso era esto? ¿Y si ésta era la forma que tenía que tomar el colapso en el concreto caso de España? ¿Y si nuestro camino en el descenso energético tenía que ser hacerlo confundidos en debates entre esencialismo español y nuevas repúblicas ibéricas? Para mi estos días han sido muy curiosos: cada dos por tres me he encontrado con personas hablando del mismo tema, del único tema que ocupa recurrentemente las conversaciones. Y con mucha serenidad me he visto dando ánimos y consejos a unos y a otros,  a los independentistas y a los unionistas, todos ellos abatidos, los primeros porque Ítaca estaba más lejos de lo que creían, los segundos porque ven cómo derivan las cosas y que ya no son mayoría. Me he encontrado repetidas veces haciendo de consejero emocional y dándole bálsamo a unos y a otros. Al final, uno de ellos me preguntó por qué yo estaba tan tranquilo, y cómo era que nada de todo eso que altera a todo el mundo me afecta. Sonriendo, le dije que la razón es que yo ya he asumido que vamos a colapsar, al menos parcialmente, y delante de eso todo lo demás me parece accesorio.

En medio de toda la confusión actual, hay un fenómeno nuevo que está surgiendo en Cataluña: los autodenominados Comités de Defensa de la República (CDR). Se trata de pequeños grupúsculos de ciudadanos que se organizan autónomamente para favorecer la llegada de la República catalana, y son herederos de los Comités de Defensa del Referéndum, de mismo acrónimo, que tan bien funcionaron para la organización clandestina del referéndum, tan efectiva que fue capaz de escapar a la presión del Estado. Inicialmente impulsados por algunas CUPs, estos CDRs funcionan realmente como células independientes de gente con una inquietud común que intenta organizarse, de ciudadanos que intentan coger las riendas de la situación con sus manos en vez de esperar que los líderes les resuelvan los problemas. Básicamente, es un gran experimento de empoderamiento ciudadano, favorecido por la crisis independentista. Mientras los CDRs consigan mantenerse como agrupaciones de fines pacíficos podrán sobrevivir, aunque lógicamente el Estado los va a combatir ya que algunas de sus acciones son claramente ilegales (por ejemplo, cortar carreteras o vías del tren). Lo verdaderamente interesante de los CDRs es su capacidad de, por un lado, dar salida a la necesidad de la gente de hacer algo para superar la actual crisis, y por el otro crear estructura que puede resultar muy útil cuando venga la siguiente oleada recesiva y particularmente cuando nos vayamos hundiendo en el progresivo colapso y desestabilización del Estado. Que los CDRs se acaben convirtiendo en sanguinarias milicias o en grupos de resiliencia ciudadana dependerá de la inteligencia colectiva y de la evolución de los acontecimientos. De una manera u otra, son probablemente las semillas del colapso, a falta de decidir si serán las que acelerarán el mismo o las que podrán dar un fruto del cual construir una nueva sociedad cuando el colapso finalmente sobrevenga.

Salu2,
AMT 

Post Data: Mientras nos entretenemos con todas estas cosas, hay algunas otras cuestiones relevantes para los temas de este blog que están pasando: la consolidación de la caída de la producción de petróleo en China; el fracaso relativo de la Oferta Pública de Acciones de la compañía nacional saudí de petróleo, Aramco, y casi al unísono la batida contra la corrupción en Arabia Saudita, que ha descabezado Aramco y otras compañías; la progresiva subida del precio del petróleo; la generalizada bajada de la inversión en upstream que sin embargo se está viendo compensada por la brutal subida de la inversión sólo en los EE.UU. de Donald Trump... Mañana saldrá el informe anual de la Agencia Internacional de la Energía de este año, el World Energy Outlook 2018 y, como siempre, intentaré ofrecerles un análisis del mismo a la mayor brevedad.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Debate sobre complejidad: réplica final



Queridos lectores,

Después de un cierto paréntesis (motivado por razones laborales), les presento la contestación final de Carlos de Castro y Luis González Reyes a la réplica de Eduardo García. Con esta última entrada doble cierro el debate; a partir de la semana que viene espero retomar el ritmo normal de publicación.

Salu2,
AMT

 

El Titanic se hundió y fue inevitable tras el choque.
(Respuesta de Carlos de Castro)

Tras esta segunda vuelta de Eduardo mi conclusión es que seguimos sin compartir los diagnósticos del problema, base de los argumentos que luego desarrollamos cada uno.

El debate de fondo no es sobre complejidad y lo que esta supone en la crisis del sistema. El debate en realidad es sobre el diagnóstico y sobre qué hacer con él: como comunicarlo, qué estrategias seguir etc.

Si Eduardo no sabe si hemos chocado ya o aún no, entonces quizás debería haberse puesto en las dos hipótesis y haber hecho argumentos diferentes desde las dos. Por sus palabras, creo entender que en realidad está en creer que estamos divisando el choque contra el iceberg; prueba es que duda bastante de que acabemos en 1000 millones de personas, dato que no he dado con seguridad, ya que dije que con permacultura quizás podamos mantener a 1000 millones quizás más. Mi diagnóstico no permite saber cuánto se va a reducir la población, pero sí me permite saber –dentro de un esquema científico biofísico con pruebas físicas y ecológicas y pistas sociológicas y por tanto con incertidumbre- que la reducción será ostensible: desde unos pocos miles de millones de personas hasta la extinción. Eduardo no se pone en ese esquema mental (como el 99% de los movimientos sociales y los experimentadores de estos temas) y por tanto no son válidos sus argumentos desde esa certidumbre.
Lo que Eduardo nos aporta es desde la hipótesis de que estamos en un barco lleno de peligros que va muy probablemente a chocar y quizás hundirse o encallar; para él la anología también podría ser la del Endurance, en el que todos se salvan.

Pero haré el esfuerzo de ponerme también en una hipótesis en la que no creo: minimizar las consecuencias del choque (y no la del hundimiento). Además a una escala temporal y geográfica local que para mí no es tan relevante: ¿cómo comunico a mi vecino forofo del real Madrid el choque, como se lo comunico a la señora de un mercado en Mogadiscio? Esto se lo plantearon de hecho en el Titanic una vez que chocaron y aún no sabían si se hundiría o no. La tripulación decidió, para no bloquear/alarmar a los pasajeros, mantener en secreto durante minutos lo que ellos supieron pronto, que se iba a hundir, luego se lo dijeron a algunos pasajeros de primera, y luego al resto. Esto es lo que nos pide Eduardo porque su experiencia con los alumnos y redes sociales y la de su equipo de trabajo durante décadas indican ese bloqueo (y con él la experiencia de muchos psicólogos y sociólogos, conozco desde hace décadas estos trabajos, yo trabajé en ese esquema mental mi primera década y media en el tema, mi visión no es solo física, es holística: ecológica –a estas alturas creo saber más de biología y ecología que de física-, y también sociológica/psicológica/histórica  –a estas alturas experimento más en este terreno que en física-).

Las dudas surgen pues cuando “experimentamos” que bloquea comunicar crudamente el posible colapso, aunque sabemos que la mayoría ya está bloqueada de antemano. Pero esto es así porque los “experimentos” se han realizado desde un esquema que no parte del mismo diagnóstico y por tanto se han diseñado mal desde ese diagnóstico. De ahí que durante décadas los movimientos ecologistas, las ONGD’s de desarrollo y los movimientos pacifistas hayamos equivocado tanto el diagnóstico como cómo enfrentarse al problema (¿siempre hay solución? ¿sesgo optimista que conocen bien los psicólogos?). Así se buscan soluciones optimistas, esperanzadoras, alegres, ricas humanamente, pero que por el contrario, también pueden bloquear: es el peligro de la complacencia: ya nos salvarán las renovables o la permacultura, yo mientras a lo mío. Es el efecto Podemos tras el 15M, el “sí se puede” cuando “no se podía”, el bloqueo desesperanzador tras la falsa promesa y su fracaso. Tan peligroso es un bloqueo como el otro, tan inservible es uno como el otro cuando te vas aproximando al hundimiento. Mi primer libro (La revolución solidaria), escrito a finales del siglo pasado ya trabajó esto así. Pero desde entonces el diagnóstico es ciertamente más duro y las experiencias desde él son ciertamente distintas. Bajo la hipótesis de que el Titanic ya se está hundiendo, las estrategias del “sí se puede” no solo son inútiles, sino que nos hacen perder tiempo tratando de poner a reflote el Titanic o la de transformarlo en otro barco (¿aún más complejo?). Las de anunciar la cruda realidad creo en cambio que serán más útiles con el tiempo y al igual de inútiles para gente que quiere seguir bailando pase lo que pase.

Llevo dos décadas “experimentando” con alumnos y en movimientos sociales el tema de la comunicación del colapso y las estrategias de acción desde otro esquema mental, por ahora en absoluta minoría. Efectivamente, hay un problema de tendencia al bloqueo cuando las cosas las queremos explicar en una hora frente a las muchas horas de “diagnósticos” errados, normalmente tecno-optimistas, y las miles de horas del “todo va bien, aceleremos el Titanic” (¡cuando ya se está hundiendo! Parece un chiste).

Pero el problema va desapareciendo cuando el diagnóstico “se va viviendo”. La gente en el Titanic puede que se bloqueara y tuviera pánico unos instantes cuando vio por si misma que el Titanic había experimentado una inclinación del 10% -es decir, ocurrirá, ya está ocurriendo- a pesar de que la tripulación no quisiera comunicárselo para evitarlo –perdiendo, por cierto, un tiempo precioso-. Si alguien les comunicó que se iban a hundir, entonces, más tarde, cuando viva la inclinación del 10% puede que le sea más fácil entonces encajar coherentemente lo que pasa y perder la disonancia cognitiva, entonces actuará rápidamente. Si alguien le explicó que están tratando de mantener el Titanic a flote y que se una feliz a la tarea, porque se puede, entonces quizás quiera entender que esa inclinación del 10% es parte de ese proceso y siga en su bloqueo…

Además a mí (o Antonio Turiel, Pedro Prieto, Jordi Solé, Luis González y otros pocos en España) como científicos divulgadores de los límites biofísicos se nos puede pedir el diagnóstico biofísico, y si es lo único que se nos pide, lo daremos “crudamente”, como sinceramente pensamos que es la realidad, como científico yo no voy a prejuzgar que la gente que me escucha es inmadura o tonta o con facilidad a la histeria, no tenemos porqué ser tan pesimistas (y no lo somos, porque si lo fuéramos dejaríamos en paz a la gente y pasaríamos de acudir a las llamadas de distintos colectivos). Como somos más que científicos, las consecuencias nos preocupan, y buscamos formas de comunicar esa crudeza de forma más útil, sin mucho éxito por ahora pero con cada vez más asentimiento entre la gente más joven. Es por lo que algunos de nosotros hemos ido devorando lecturas más allá de lo físico, pasando a lo ecológico, a lo sociológico, a lo antropológico e incluso a la espiritualidad y su papel.  Algunos hemos absorbido la extensísima experiencia de precursores como Naess del siglo XX (quien decía que el tema es urgente y del día a día pero que las soluciones no se encontrarán hasta el siglo XXII o más allá).

Mi experiencia sociológica/psicológica/histórica/antropológica es que nuestra cultura es incapaz de evitar el choque (no lo ha sido) a pesar de visualizar con tiempo el mismo en experimentos de sociedades mucho más simples y fáciles desde el punto de vista de los límites biofísicos, y en los que la libertad de organización social es completamente abierta (véase el experimento Ecology: http://crashoil.blogspot.com.es/2012/09/juegos-de-la-naturaleza.html).

Mi experiencia es que nuestros jóvenes siempre pasan por un cierto colapso/decrecimiento porque funcionan desde esquemas culturales como el actual (¡endoculturizados ya con 18-25 años!), con decrecimiento de la población  por sobrepasamiento de límites biofísicos, incluso con pérdidas de saberes tecnológicos. En alguna ocasión han llegado sin pretenderlo a escenarios tipo Mad Max (del orden del 20% de las sociedades que generaron) e incluso a la extinción humana (del orden del 10%) y solo en una ocasión (del orden del 5%), con gente que mayoritariamente estaba ya instalada previamente en una cultura “frugal, ecologista y solidaria” antes de divisar el iceberg (de hecho no lo divisaron porque evitaron esas aguas) consiguieron una sociedad perdurable; no sin problemas y conflictos, pero menores y de otra índole, asociados más a falta de coordinación.  Ese grupo no iba montando en el Titanic, los otros, aproximadamente 20, sí.

Y todos esos casos los experimentaron simultáneamente con advertencias (en mis clases) de la posibilidad del colapso (en los primeros experimentos) o de la inevitabilidad del mismo (en los últimos experimentos); el experimento dura meses durante un cuatrimestre académico o dos. Mis anuncios de colapso en las clases teóricas nunca bloquean cuando el colapso lo van experimentando en el juego, al revés, sirven para encajar mejor y encontrar mejor y más rápido las soluciones (aunque algunos piensan que el mundo no va a encontrar soluciones como ellos porque es mucho más complejo). Mis alumnos no son más resilientes tras el juego, pero lo serán, espero, cuando no les quede más remedio porque tendrán menos disonancia cognitiva cuando sus circunstancias les obliguen a actuar.

Mi juego Ecology abre un paradigma experimental comunicativo que no he encontrado en ningún otro “experimento” porque parte de un esquema mental diferente (y un diagnóstico diferente); de hecho, ya sé que los alumnos van a colapsar en mayor o menor grado antes de empezar el juego, por la estadística de la historia de 20 juegos y porque casi siempre se repite desde nuestra cultura, no porque no existan soluciones al problema de límites biofísicos, sino por sus barreras culturales y cómo enfrentan esos límites. En cambio, si les comunicas que nuestro mundo con “tecnologías verdes” esperanzadoras puede evitar el colapso, entonces tardan más en resolver su colapso. No es hasta experimentar el colapso cuando encuentran soluciones tipo las propuestas “frugales” de Eduardo y las que proponemos todos, claro que sí, ir a los botes salvavidas coordinados, cooperando. Pero como no es hasta esa consciencia del hundimiento cuando empiezan las cosas a funcionar, unos minutos en el Titanic de sufrimiento y dolor y muerte hasta el bote salvavidas (aunque ya había gente hacinada pasándolo mal en tercera clase), unas generaciones humanas en el caso de nuestra Civilización. Fíjense en el optimismo y solidaridad necesarios: en el Titanic luchaban por su bienestar y vidas futuras. Afirmar que el Titanic es la Civilización es luchar, ahora y rápidamente, por el bienestar y las vidas, ni siquiera de mis hijos y nietos, si no por las vidas de los nietos de mis nietos sabiendo que mis hijos y nietos van a luchar por su vida y por el bienestar de sus bisnietos y nietos. Es por lo que algunos ya estamos instalados en propuestas filosófico-espirituales.

Lo interesante del experimento antropológico Ecology es que siempre, siempre, encuentran una solución (al menos teórica para los que llegan a la extinción en el juego) que pasa por transformar su comportamiento social. Aprenden que tras varias generaciones humanas, pueden conseguir sociedades/culturas sostenibles (además aprenden a coordinarse y a cooperar, las dos herramientas, por cierto, que usan los ecosistemas y la misma Gaia para haber permanecido y evolucionado durante 3500 millones de años). Como se puede entender, eso me hace optimista. Solo necesitamos que perdure una mínima moral solidaria/ecológica hacia las generaciones presentes y futuras, el resto lo harán ellas.

En todo caso, este debate no es tan importante, porque al 1% de ese 1% (los que con contundencia afirmamos que ya nos estamos hundiendo), somos aún irrelevantes; aunque, cada vez menos, porque muchas partes del Titanic se van acercando a esos 10º de inclinación y algunas ya están hundidas.

Todo se realimenta. Esperemos que dar el diagnóstico del hundimiento lo haga positivamente.

Carlos de Castro




Sobre cómo cambian las sociedades
(Respuesta de Luis González Reyes)
Creo que un elemento central que motiva al grupo de Eduardo a abrir este pequeño intercambio es la búsqueda de espacios de esperanza en el colapso de la civilización industrial que permitan articularse a la población desde perspectivas emancipadoras. Así lo entiendo cuando hace afirmaciones como estas:
Mi postura es que no debemos esperar a que la cosa evolucione poco a poco hasta un feliz siglo XXII, sino que debemos construir desde ya lo utópico.
Los datos de investigación nos indican que el cambio solo es posible posibilitando transiciones graduales y progresivas desde el pensamiento predominante hacia formas alternativas que incrementen la resiliencia de la población. Y que siendo importante aportar los argumentos termodinámicos y ecológicos que ayudan a comprender el decrecimiento y posible colapso civilizatorio, también es esencial insistir en la idea de que tenemos opciones organizativas (sociales) para minimizar las consecuencias del choque (en definitiva, la esperanza como componente emotivo esencial para que se produzca un cambio de mentalidades).
que ante los límites biofísicos hay que cambiar de modelo social, y segundo, que es posible (y ya hay referentes) construir nuevos modelos organizativos más resilientes. Es decir, la ciudadanía debe conocer tanto los riesgos como las alternativas que ya están experimentándose.
Comparto plenamente su análisis y creo que esta esperanza que motive a actuar en el aquí y el ahora es central. Pero en mi opinión la mayor o menor complejidad de nuestras sociedades en el futuro cumple un papel bastante secundario en las motivaciones de las personas a actuar. La esperanza se alimenta con proyecciones de sociedades más felices o más resilientes (seguras).
En este debate, una pregunta determinante es ¿qué nos mueve a las personas? Entro en ella. En general, la búsqueda de la satisfacción de las necesidades entendidas no solo como carencia, sino también como potencialidad. Max-Neef defiende que los seres humanos tienen nueve necesidades básicas no jerarquizadas que no cambian a lo largo del tiempo ni en las distintas culturas: supervivencia, identidad, protección, afecto, entendimiento, creación, participación, ocio y libertad. Las necesidades se pueden analizar tanto en un plano individual como colectivo, es decir, que las tienen las personas y también las sociedades, entendiendo estas como un ente distinto a los individuos (son más que la suma de estos). Este segundo aspecto, el colectivo, es el clave, pues los cambios sociales no son por trabajos individuales, sino por trabajos sinérgicos de muchas personas. Por lo tanto, la cuestión sería ¿qué nos mueve para ponernos en acción colectiva?
Las emociones y los sentimientos provendrían de la gestión de las necesidades: miedo (falta de seguridad), amor (cobertura de la necesidad de afecto) o curiosidad (falta de entendimiento). Aunque obviamente esto puede ser mucho más complejo y la conformación de las emociones proviene de la interacción dinámica de múltiples necesidades. De este modo, la felicidad, que podría definirse como el objetivo de muchas personas, sería un sentimiento fruto de un compendio de necesidades bien abordadas. Se relaciona con la necesidad de participación y de identidad (en concreto, con percibirse como alguien bondadoso/a); con el bienestar, que tiene que ver con la supervivencia, la protección, la participación, el afecto y el entendimiento; y con la capacidad de elección, relacionada con la libertad y el ocio. En este plano, la esperanza a la que alude Eduardo es fundamental.
Muchas veces, las necesidades permanecen en un plano inconsciente y son las emociones las que parece que guían la acción de forma autónoma. Es más, la conexión entre necesidades y emociones no es obvia en muchas ocasiones ni para las personas ni para las sociedades. Así, la forma de gestionar las emociones puede ir incluso en contra de la satisfacción de la necesidad que las generó.
Uno de los elementos que determina la forma de dar salida a los sentimientos y necesidades es el sistema de valores de las personas. Así, tanto el altruismo como el egoísmo serían satisfactores de necesidades favorecidos por determinados contextos sociales. Como lo que moviliza (o genera apatía) son las necesidades que generan emociones, las personas suelen cambiar sus actos antes que los valores. El cambio en las prácticas es el que activa el cambio en los valores, más que a la inversa. Es más, si el cambio hacia una sociedad ecomunitaria se da solo en el plano de los discursos, como apunta Eduardo, será impotente, pues la única práctica que seguirá teniendo sentido será la dominadora, que será la que seguirá conformando la sociedad. Por ello, la práctica concreta va a ser un aglutinante social más importante que la ideología, aunque el cambio de valores también sea imprescindible en la evolución social (no habrá cambio social sin cambio de “dioses”). Así, las experiencias concretas son básicas, no solo por ser semillas de otros formatos sociales, sino sobre todo por las transformaciones que producen en las personas y porque sin ellas el cambio social, simplemente, es imposible.
La razón no sería el motor principal del cambio (serían las necesidades que producen emociones), ni el filtro que condiciona cómo actúen las personas (serían los valores), sino la herramienta clave que se usaría a partir del empuje. La información normalmente no es algo que mueva a actuar, pero sí es fundamental para una actuación que responda con eficiencia a las emociones y las necesidades de acuerdo con el marco de valores. Cuando no se cuenta con una buena información, las posibilidades de actuar con éxito son muy reducidas: se podrá dar salida a las emociones impidiendo cubrir las necesidades que las causaron, o se podrá no ponderar adecuadamente las distintas causas de los problemas y, con ello, las estrategias para solucionarlos.
La función de la razón no es solo la eficiencia, sino también hacer casar actos con valores cuando no encajan. La razón consigue cerrar el hueco de esa “disonancia cognitiva” a través de artificios que incluyen negar la realidad que no se quiere ver porque no se ajusta a los esquemas personales (si no lo creo no lo veo), “matar al mensajero/a”, minimizar los efectos negativos, sobrevalorar lo positivo o una memoria selectiva. Pero, por supuesto, también cierra el hueco a través de trazar cambios que lleven a ajustar necesidades, emociones y valores, es decir, que la “disonancia cognitiva” puede ser un estímulo hacia la movilización.
Esta separación entre emoción y razón es ficticia, ya que ambas no son desligables entre sí. No se piensa o se siente, sino que se siente pensando y se piensa sintiendo como dice Damasio. De hecho, la interrelación es complicada, pues muchas veces los pensamientos producen emociones que tienen que ver con necesidades. Así mismo, los valores tampoco son un ente separado de las emociones.
En el entramado que mueve a las personas hay que considerar otro factor: el entorno, el contexto, que determina los límites de lo posible desde una perspectiva social y ambiental. Hay cambios sociales que se acoplan a los límites que marca el contexto, y otros que hacen lo contrario y los rompen o desplazan, ofreciendo nuevas potencialidades. En realidad, cualquier proceso de cambio social tiene ambos componentes. En general, cuanta mayor maleabilidad del contexto o de las sociedades, mayor potencialidad de cambio y de que este sea más progresivo. Las sociedades muy confinadas suelen evolucionar de manera explosiva una vez que consiguen modificar sus entornos.
El contexto en el que se desenvuelvan las sociedades humanas cambiará a causa de factores externos (crisis ambiental) e internos (sistemas económicos y políticos, tipos y tamaños de las agrupaciones, formas de habitar). Los factores externos cada vez estarán menos al albur de lo que hagan los seres humanos y serán cada vez más restrictivos conforme progrese la crisis ambiental. Pero los internos seguirán estando sujetos a las decisiones humanas, que determinarán qué satisfactores se pongan en marcha, qué emociones predominen y qué sistemas de valores se impongan. No habrá cambio en estos elementos sin cambio en el contexto y viceversa. Las sociedades, además de querer hacer, tienen que poder hacer.
De este modo, mi tesis del cambio social es que el entorno y los valores forman un marco de juego que los movimientos sociales y las élites son capaces de modificar a través de actos concretos que respondan a las necesidades y las emociones. Para escoger las acciones más adecuadas y hacerlas eficientes, el raciocinio es fundamental. Si se conjugan todos los factores, los actos tendrán sentido. Solo cuando surge este sentido se integra el sistema de valores con las emociones, los actos con el pensamiento, se pasa de hacer las cosas porque “se deben hacer” a realizarlas porque “se quiere”. Lo que tiene sentido es lo que pone más en marcha y lo hace de forma más continuada en el tiempo. Esta percepción compartida del sentido de los actos fue lo que permitió la cohesión como movimiento del proletariado, del feminismo, del pacifismo o del ecologismo.

Sobre la complejidad
Creo que el debate central que tenemos que abordar es el anterior. En todo caso, hago algunos apuntes rápidos sobre el tema de la complejidad. En primer lugar, Eduardo suma un quinto criterio a los cuatro que yo proponía:
Aceptando estos cuatro criterios yo añadiría, por su interés en un momento de decrecimiento/colapso, un quinto criterio “transversal”: el grado de resiliencia (y la eficiencia energética asociada) entendida aquí cómo la capacidad de un sistema social para autoperpetuarse y mantener un cierto equilibrio al enfrentar una fuerte perturbación (en nuestro caso el choque con los límites biofísicos).
Pero yo creo que ese no es un criterio de complejidad. La capacidad de resistir ante distintos desafíos no es un indicador de sistemas complejos. Es más, personas como Holling sostienen que son contrapuestos y que los sistemas más complejos son menos resilientes. Por ejemplo, un sistema con muchos nodos generalistas (poco especializados) y por ello poco complejo tendría una mayor capacidad de adaptación a una variación ambiental que otro en el que los nodos estén muy especializados. Es cierto que esto se puede mirar con otros indicadores. Así, un sistema con una alta interconexión (más complejo por ello) tendría una alta resiliencia por una parte (por ejemplo, podría transportar alimentos a los nodos donde se produjese una carencia), pero también una mayor vulnerabilidad por otra (las desestabilizaciones en un nodo podrían correr por toda la red, sobre todo si es un nodo central). En realidad, Eduardo dice algo muy parecido a lo que acabo de exponer en lo referente a la resiliencia cuando afirma que:
lo que mejor define una red no es el número de conexiones sino el tipo de interacciones que la organizan. Esta cuestión es clave desde la perspectiva de la resiliencia de ambos sistemas. Pensemos en una organización social piramidal (jerarquizada) y en una organización social en redes locales interconectadas y coordinadas. En la primera, la eliminación de un nodo puede significar la desorganización del conjunto (dada su verticalidad y las relacionen en cadena lineal). En la segunda, la eliminación de un nodo lo que lleva es a una reorganización de la red (por el predominio de la componente horizontal) que no supone poner en peligro su autoperpetucación.
Así, yo no metería la resiliencia como un indicador de complejidad, sino como un elemento a perseguir socialmente más importante que la complejidad.
También separaría la eficiencia de la complejidad, pues creo que es un indicador distinto y que necesita ser concretado. Creo que la eficiencia es un indicador confuso, pues puede ser alta para unos fines y baja para otros, dependerá para lo que esté diseñada la estructura. Ya argumenté que creo que el capitalismo es tremendamente eficiente en la utilización de material y energía para conseguir la reproducción ampliada del capital, lo que ha aumentado su complejidad y disminuido su resiliencia hasta el extremo. A la vez, un cerezo produce cientos de cerezas todos los años y, de todas ellas, solo una con suerte se convertirá en un nuevo cerezo. No podríamos decir que el cerezo sea muy eficiente en su uso de materia y energía desde esa perspectiva. Lo que sí podríamos decir es que está perfectamente adaptado al cierre de ciclos. Desde ahí, hace que todo el ecosistema sea más resiliente y también más eficiente en el uso de materia y energía. Pero esta eficiencia, a diferencia de la capitalista, consigue gastar poca materia y energía. De este modo, tenemos dos sistemas macro (capitalismo y ecosistema del cerezo) complejos y eficientes (de modo muy distinto), pero con resiliencias muy diferentes. Por eso yo no usaría la eficiencia como indicador de complejidad.
Esto me lleva a un tercer elemento que señala Eduardo. Subraya que parte de los análisis que lanzamos Carlos, él y yo están articulados sobre planos distintos y tiene razón. Él lo hace más sobre uno micro y yo de uno macro. Por eso, son ciertos a la vez los ejemplos de la agricultura industrial y la permacultural, y la visión general de que nuestro sistema social es muy complejo y que lo que tenemos por delante es un camino de simplificación. Es decir, que comparto esto que afirma:
creo que habría que relativizar ideas como el enunciado: las comunidades organizadas según los criterios de la permacultura son menos complejas que las comunidades sociales actuales piramidales y basadas en la dominación.
Pero al tiempo sostengo que lo que tenemos por delante es una senda de simplificación social vista desde una perspectiva macro (como macro es nuestro sistema globalizado). Y lo hago porque considero que Eduardo en ocasiones fuerza el uso de los indicadores que propongo para que den el resultado que busca (que no es necesaria una simplificación de la organización social). Creo que el ejemplo más claro de este forzamiento es cuando sostiene:
Analicemos el tercer factor: la especialización de los nodos (diversidad). Aquí, de nuevo, caben dos interpretaciones (que se corresponden con los dos modelos comunitarios antes mostrados). La primera es que la diversidad se corresponde con la especialización de cada nodo en un aspecto concreto de la actividad humana (en definitiva, un  mundo dividido entre expertos competentes que saben y deciden y novatos incompetentes que no saben ni deciden). La otra interpretación, es la de la polivalencia. Es decir, se trataría de potenciar al máximo la diversidad de capacidades que cada nodo pueda desarrollar. Evidentemente, en caso de colapso el primer modelo es mucho menos resiliente que el segundo. Y desde mi perspectiva, menos complejo.
La polivalencia es el paradigma de la inespecialización, no puede ser un indicador de un sistema más complejo, porque es justo lo contrario. Otra cosa distinta es que sea un indicador de una sociedad más deseable o más resiliente.
Pongo otro más. Eduardo afirma que:
pensamiento simplificador que nos describe en sus trabajos Edgar Morin. Es decir, un pensamiento caracterizado por la atomización del conocimiento, la falta de coherencia interna en los sistemas de ideas, el reduccionismo, las visiones parciales y centradas en lo concreto y evidente, etc. En conclusión: hay pocos nodos porque no hay redes bien organizadas.
Esto es cierto probablemente desde la perspectiva micro, pero si lo miramos desde una mirada macro, desde el conjunto social globalizado, ¿realmente nuestro sistema es simplificador con los tremendos avances científicos y la capacidad de entender la realidad que han permitido? Además, para verlo en trayectoria histórica, algo importante para vislumbrar el futuro, incluso desde una perspectiva micro (personal) ¿es nuestro pensamiento es más simplificador que en otros momentos de la historia? No lo tengo claro, pero me lanzaría a decir que, en término medio, no.
Un matiz final, cuando Eduardo afirma que:
Lo que he pretendido expresar en mi artículo, no sé si con acierto, siguiendo el camino trazado por Edgar Morin o por ecólogos como Margalef, que es quién afirma que el sistema se ordena de una determinada forma, de manera que, aunque la energía fluye (y pierde “calidad”), nos quedan estructuras que van a condicionar el uso posterior de ese flujo de energía (enunciado asumido por la ecología actual y que rechaza Luis a pesar de que Margalef en su frase no niega en ningún momento que un ecosistema es un sistema complejo en un estado de equilibrio “inestable” que necesita de un continuo flujo de energía para reorganizarse), es que hay que relativizar el papel de los recursos en el tema del decrecimiento, pues las relaciones biocenosis-biotopo (aquí incluyo materia y energía) no son relaciones de causalidad lineal sino que son interacciones (y eso es un consenso científico en la ecología actual), que la organización (más o menos compleja) es un factor clave en el uso de la energía disponible y que, dentro de las posibilidades energéticas de un mundo en decrecimiento, hay margen de maniobra para intentar (¿no es ese nuestro interés básico?) que sobreviva la mayor parte de la población, aspectos sobre los que entraré a continuación.
Lo que yo subrayé es esa necesidad de flujo constante. Tras un flujo de energía queda una máquina o unas relaciones en un ecosistema. Pero para que eso se exprese hace falta la energía. Por supuesto que no es irrelevante qué estructura quede, entre otras cosas por si demanda más o menos energía para su funcionamiento y con ello permite sociedades en la que sobrevivan más personas (y seres vivos) y lo hagan con mayor democracia y justicia. Lo único que señalo es que, a más complejidad, más energía requerida para sostener el sistema. Desde esa mirada, igual lo más deseable para la resiliencia sean sociedades más simples, no más complejas.

Luis González Reyes
 

miércoles, 25 de octubre de 2017

Decrecimiento y complejidad: elementos para un posible consenso.



Queridos lectores,

Eduardo García Díaz ha escrito su contrarréplica a las críticas de Carlos de Castro y de Luis González Reyes a su primer artículo sobre complejidad. Un debate relevante, puesto que da pistas sobre cuál puede ser la sociedad que sucederá al descenso energético cuando éste se afiance en los próximos años.

Les dejo con Eduardo.

Salu2,
AMT



Decrecimiento y complejidad: elementos para un posible consenso.

Eduardo García Díaz

En primer lugar, agradezco a Luis González y a Carlos de Castro sus interesantes aportaciones al debate, y a Antonio Turiel la oportunidad que nos da de continuarlo. También que hayan resaltado que hay elementos comunes en nuestros discursos que permiten consensuar posturas.

Antes de entrar en una “réplica a las réplicas” me gustaría contextualizar muy brevemente nuestros interés por esta temática (y digo nuestro porque soy un mero portavoz del trabajo de un colectivo más amplio). Creo que es posible, y necesario, para avanzar en la construcción de modelos teóricos que guíen nuestra práctica “decrecentista”, que personas que trabajamos en ámbitos diferentes negociemos el significado de determinadas ideas e intentemos construir consensos. Yo, en concreto (junto con compañeros y compañeras de la Red IRES), trabajo desde hace cuarenta años en el ámbito educativo (educación ambiental y didáctica de las ciencias). Y una de nuestras preocupaciones básicas ha sido siempre cómo complejizar el conocimiento cotidiano predominante en la población, complejización (entendida en los términos de Edgar Morin) que, según la evidencia empírica obtenida en nuestras investigaciones, aparece como un factor clave para superar los obstáculos y barreras mentales asociados a una socialización alienante en la ideología propia del neoliberalismo. Por tanto, desde la perspectiva de mi comunidad de práctica teórica y de activismo ecologista, éste era un tema esencial y de ahí nuestro interés por abrir un debate sobre la relativización de uno de los axiomas más populares dentro de la vanguardia del movimiento ecosocial: la descomplejización (deseada o/y inevitable).

Del Titanic y de los botes salvavidas

Creo que la metáfora del Titanic es muy adecuada para mostrar de manera muy gráfica el choque del sistema capitalista con los límites biofísicos (cambio climático y agotamiento de los recursos). Pero no me parece pertinente para el tema en discusión. En mi artículo, motivo de este debate, en ningún momento me he referido al sistema-Titanic en su conjunto (o por lo menos no era mi intención), sino que he tratado de comparar sistemas de similar escala: una comunidad de vecinos organizada en apartamentos unifamiliares frente a otra organizada como una comuna que comparte los usos domésticos y los cuidados, un agroescositema industrial frente a otro organizado según los principios de la permacultura, o los sistemas de ideas predominantes en la población frente a sistemas de ideas “alternativos” más complejos. Es decir, he considerado el Titanic como un sistema heterogéneo en cuanto a idearios, formas de organización social, intereses de clases sociales, etc. donde conviven “lógicas” diferentes. Si admitimos esa diversidad, la pregunta clave sería ¿qué subsistemas debemos luchar por “complejizar” y cuáles debemos dejar que se “descomplejicen”?

Creo, por tanto, que un primer punto que deberíamos consensuar es el de la escala, pues precisamente los movimientos de transición vienen trabajando desde hace años en el desarrollo de cambios en subsistemas concretos más que en revoluciones globales. Y también deberíamos consensuar el tema de los tiempos, aunque aquí entramos en un terreno aún más especulativo. Carlos indica que esta sería una cuestión clave, pues no es lo mismo diagnosticar que “ya hemos chocado” o que “aún no se ha producido el choque”. Mi postura personal es que es un tema sobre el que no tengo suficientes datos rigurosos y contrastados como para manifestarme en uno u otro sentido (y si alguien los tiene que los muestre) y que tampoco tengo datos para predecir que sistema “global” sustituirá al del Titanic, pero si ceo en algo: estemos más o menos cerca del choque, resulta imprescindible la creación de referentes (aunque sean parciales) que nos ayuden a minimizar las consecuencias del impacto.

Además del tema de la escala, hay otro argumento a considerar en el uso de la metáfora del Titanic: qué idearios existen en la población que lo habita. Un primer asunto clave es que en el Titanic la uniformidad era total sobre la no percepción de lo que se les venía encima. Los pasajeros no tuvieron ninguna oportunidad para prepararse ante el impacto, ni tenían referentes que les orientaran para sobrevivir a la catástrofe. Y cuando hablo de oportunidades para la supervivencia no estoy hablando del elemento tecnológico. En todo el artículo en discusión subyace una idea: la solución al problema del choque con nuestros límites biofísicos no es tecnológica, es social. Y, aunque minoritarios, tenemos cada vez más referentes sociales que incrementan la resiliencia de la población (por ejemplo, dedico un amplio apartado de mi artículo al tema de la eficiencia energética de distintos modelos organizativos sociales que ya se están experimentando dentro de nuestro Titanic).

Tampoco comparto que sea homogénea la respuesta insolidaria y egoísta (Carlos habla de un sesgo del sistema en ese sentido), pues habría que aclarar en qué medida es un sesgo creado por los intereses del 1% (o como queramos denominarlos) y en qué medida dicho sesgo ha calado en toda la sociedad. Aunque minoritaria, existe en una parte de nuestra población una visión diferente a la del ideario capitalista (solidaridad y altruismo frente a egoísmo e individualismo, etc.). No comparto en el análisis de las posibles reacciones de la población ante una situación de emergencia, que la respuesta sea siempre competitiva y del tipo “sálvese quién pueda”. No voy a entrar en la abundante literatura biológica sobre el papel clave de la complementariedad frente a la idea (interiorizada por el ideario capitalista) de que en la naturaleza predomina la competencia y la lucha de todos contra todos  y que ése es el motor básico de la vida. Tampoco en el abrumador consenso que existe en psicología sobre el carácter cultural de las tendencias egoístas o altruistas. Solo que los datos sociológicos constatan que la respuesta ante una emergencia depende de cómo esté organizado un determinado grupo social, y que al igual que se da el antagonismo también se da la complementariedad.

Aquí me gustaría poner dos ejemplos sobre la importancia de la variable información/organización (sin desdeñar, por supuesto, el papel clave de variables como materia y energía) ante una situación de colapso.  Naomi Klein citaba en su obra “Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima” un ejemplo muy bonito de cómo la variable “organización” es clave ante una situación catastrófica (de disminución radical de los recursos). Se refería a un estudio sobre el comportamiento de dos comunidades humanas diferentes de la costa este de Estados Unidos azotadas por una misma tormenta tropical. Los datos indicaban algo ya conocido en al ámbito de la psicología y la sociología: la comunidad con un tejido social más estructurado, con referentes previos de actuaciones organizativas solidarias, etc. superó mucho mejor el reto de la falta de agua, electricidad y alimentos, cooperando en la resolución de los problemas y redistribuyendo los recursos existentes. Mientras que en la otra comunidad, más desestructurada y con menor experiencia en actividades cooperativas, sí se dieron casos de insolidaridad, situaciones de violencia, o competencia por los recursos.

Otro ejemplo muy interesante aparece en el conocido documental “Mañana”: hay una secuencia de imágenes muy impactantes sobre cómo están utilizando todas las zonas baldías de la ciudad de Detroit (ejemplo actual de ciudad en colapso) como huertos urbanos gracias al desarrollo de redes ciudadanas de autoabastecimiento.

Creo que la pregunta central del documento en discusión es ¿el problema son los recursos o el uso de los mismos? En otros términos, en mi artículo nunca  he negado el decrecimiento, ni los límites biofísicos, lo que sostengo es que el reconocimiento de dichos límites biofísicos no debe suponer una traslación sin más del concepto de límites (tal como se entiende en física, por ejemplo) al ámbito social.

Si queremos consensuar argumentos sobre el tema de los límites, hay que aclarar bien de qué perspectiva partimos. Cuando en el artículo he pretendido relativizar la interacción materia-energía-información (organización) lo he hecho no desde una perspectiva estrictamente termodinámica, sino ecológica, asumiendo que en cada nivel de organización de la materia aparecen propiedades emergentes singulares, propias de cada nivel, de forma que sería reduccionista explicar lo que sucede en los eco-socio-sistemas solo en términos físicos ( y sobre este tema hay una amplia literatura en el campo de la epistemología de la ecología en particular y de la ciencia en general). Evidentemente, como señala Carlos, existen límites sociológicos, pero, desde mi perspectiva, esos límites son de naturaleza diferente a los biofísicos.

Tanto es así, que algo que desde una perspectiva física lo consideramos como un factor limitante (por ejemplo, menor disponibilidad de energía) no tiene porque serlo en la organización social. Pensemos en la siguiente hipótesis: el choque con los límites biofísicos podría suponer una liberación (extralimitación) por el colapso del sistema capitalista, que sí impone unos claros límites sociales al desarrollo de las personas y de las colectividades. Ruptura que podría ser revolucionaria, pues de hecho  todas las revoluciones sociales se han asociado en la historia de la humanidad a los momentos de crisis, momentos en los que se extreman las contradicciones y cambian las condiciones objetivas para que las poblaciones adopten otros modelos organizativos.  

Desde mi punto de vista el tema no es un debate termodinámico. En ningún momento he cuestionado que cualquier sistema esté sometido a la ley de la conservación de la energía. Ni voy a entrar en el debate de si habrá pérdida o no de complejidad en el sistema humano global (entre otras cosas porque sigo manteniendo que el concepto de complejidad es relativo y sobre todo, porque soy capaz de comparar subsistemas concretos ya existentes, pero no el actual Titanic con una sociedad futura que está por ocurrir).

Lo que he pretendido expresar en mi artículo, no sé si con acierto, siguiendo el camino trazado por Edgar Morin o por ecólogos como Margalef, que es quién afirma que el sistema se ordena de una determinada forma, de manera que, aunque la energía fluye (y pierde “calidad”), nos quedan estructuras que van a condicionar el uso posterior de ese flujo de energía (enunciado asumido por la ecología actual y que rechaza Luis a pesar de que Margalef en su frase no niega en ningún momento que un ecosistema es un sistema complejo en un estado de equilibrio “inestable” que necesita de un continuo flujo de energía para reorganizarse), es que hay que relativizar el papel de los recursos en el tema del decrecimiento, pues las relaciones biocenosis-biotopo (aquí incluyo materia y energía) no son relaciones de causalidad lineal sino que son interacciones (y eso es un consenso científico en la ecología actual), que la organización (más o menos compleja) es un factor clave en el uso de la energía disponible y que, dentro de las posibilidades energéticas de un mundo en decrecimiento, hay margen de maniobra para intentar (¿no es ese nuestro interés básico?) que sobreviva la mayor parte de la población, aspectos sobre los que entraré a continuación.

¿Cómo categorizamos la complejidad?

¿La pérdida de energía neta supone siempre disminución de complejidad y colapso? Si queremos llegar en este debate a posiciones de consenso, lo primero sería definir bien las categorías que empleamos a la hora  de decidir cómo debe ser una gradación desde lo simple hacia lo complejo. Es lo que plantea Luis como elemento central del debate, proponiendo cuatro indicadores o criterios (y admitiendo también que indicadores como el PIB o la jerarquía no serían indicadores de complejidad):

• Número de nodos del sistema. Cuantos más nodos tenga, más complejo es. En una sociedad estaríamos hablando, por ejemplo, de personas.
• Interconexión entre los nodos. Si esos nodos no están interconectados en realidad no podríamos hablar de un sistema y, cuántas más interconexiones existan, mayor complejidad habrá.
• Especialización de los nodos. En realidad este indicador lo que habla es de la diversidad de nodos. Cuanto más diversos sean, mayor será la complejidad del sistema.
• Información que existe y fluye. Finalmente, cuanta más información fluya y esté presente en el sistema más complejo será.

Aceptando estos cuatro criterios yo añadiría, por su interés en un momento de decrecimiento/colapso, un quinto criterio “transversal”: el grado de resiliencia (y la eficiencia energética asociada) entendida aquí cómo la capacidad de un sistema social para autoperpetuarse y mantener un cierto equilibrio al enfrentar una fuerte perturbación ( en nuestro caso el choque con los límites biofísicos).

Si Carlos acepta los criterios propuestos por Luis vamos a realizar un ejercicio de comparación para intentar relativizar el concepto de descomplejización e intentar llegar a un cierto consenso. Pero como he enunciado más arriba, no voy a discutir sobre aumentos o descensos de complejidad en la totalidad del sistema social sino, al estilo de los movimientos de transición, me voy a centrar en susbsistemas concretos.

Comparando sistemas de ideas

Como trabajo en el ámbito educativo, permitidme que comience argumentando sobre la complejidad en el caso de los modelos mentales y de los sistemas de ideas.

Número de nodos del sistema. La investigación educativa nos indica que el modelo predominante en la población (la mayor parte de los pasajeros del Titanic)  es el pensamiento simplificador que nos describe en sus trabajos Edgar Morin. Es decir, un pensamiento caracterizado por la atomización del conocimiento, la falta de coherencia interna en los sistemas de ideas, el reduccionismo, las visiones parciales y centradas en lo concreto y evidente, etc. En conclusión: hay pocos nodos porque no hay redes bien organizadas. Sólo una minoría adopta formas de pensamiento “complejas” (sistemas de ideas bien organizados en el sentido de mentes bien ordenadas), forma de pensamiento que sería un referente indispensable en una situación de colapso.
Interconexión entre los nodos. En el pensamiento simplificador las conexiones son pocas y muy simples. En el ideario colectivo predominante encontramos relaciones causales lineales sencillas (no hay interdependencias, recursividades y otras formas de causalidad compleja). No hay nociones estructurantes  que organicen campos del saber sino listas de contenidos disociados unos de otros, ni visiones sistémicas del mundo (se reconocen algunos de sus elementos constituyentes pero no las interacciones entre los mismos y el carácter organizador de tales interacciones ), ni una percepción coevolutiva del cambio (se trata de un mundo estático, y de una actitud conformista).
Especialización de los nodos. Si como indica Luis lo entendemos como diversidad de nodos, lo característico del pensamiento simplificador es la uniformidad, la incapacidad para adoptar distintas perspectivas, la falta de un pensamiento divergente (la falta de creatividad y espíritu crítico en definitiva).
Información que existe y fluye. Aquí habría que distinguir entre “cantidad” y “calidad” de la información. Evidentemente en nuestra sociedad-Titanic fluye mucha información, pero de muy baja “calidad”.  Pongo un ejemplo: todos los habitantes-pasajeros  interactúan mediante el WhatsApp ¿debemos considerar solo el número de conexiones o habrá que considerar qué contenido se comunica en esas conexiones? Si introducimos la variable contenido habría que analizar que informaciones ayudan a organizar mentes bien ordenadas capaces de enfrentar problemas complejos como el cambio climático o el agotamiento de los recursos. En otros términos ¿hablamos de información que organiza e incrementa nuestra resiliencia o de mero ruido? ¿de dedicar miles de horas en los sistemas de comunicación al cotilleo y al pensamiento superficial, y en el sistema educativo al desarrollo de la sumisión y a la acumulación de conocimientos irrelevantes y poco significativos, o de usar esos sistemas para tratar de resolver los problemas del mundo?

Lo que planteo es que, en el caso del ideario colectivo predominante,  no podemos hablar de descomplejización provocada por el choque con nuestros límites biofísicos, pues ya el pensamiento predominante en los pasajeros, antes del choque, ha sido convenientemente descomplejizado por los mecanismos de alienación  propios del capitalismo.

En consecuencia, y si consideramos el criterio de la resiliencia, mi argumento es que la mayoría de los pasajeros del Titanic carecen de la capacidad de investigar y resolver los problemas de supervivencia que deben enfrentar. De ahí que sea tan relevante  que los colectivos que constituyen la vanguardia ecologista hablen menos de volver al “pensamiento sencillo” y más de cómo desarrollar en la población la transición desde un pensamiento simplificador hacia otro complejo. Transición que debe entenderse como un cambio hacia:

  • Una perspectiva más sistémica del mundo, superadora de la visión aditiva de la realidad y de las formas de actuación y de pensamiento basadas en lo próximo y evidente, en la causalidad mecánica y lineal, en las dicotomías y los antagonismos, en la idea estática y rígida del orden y del cambio. Al respecto, habría que considerar todos los posibles elementos, relaciones y variables que están implicados en cada problemática, adoptando una perspectiva integradora que contemple a la vez lo global y lo local, que evite los planteamientos reduccionistas y que supere la dicotomía entre los aspectos naturales y los sociales.  

  • Una integración de los diferentes tipos de conocimientos (conceptual, procedimental y actitudinal) entre sí y con la acción, estableciendo conexiones entre la ciencia y el ámbito de las actitudes, los valores y las emociones.

  • - Una mayor capacidad para ir más allá de lo funcional y concreto, para abandonar lo evidente y para ser capaces de adoptar diferentes perspectivas, a la hora de interpretar la realidad y de intervenir en la misma, superando las visiones egocéntricas, sociocéntricas y antropocéntricas. La perspectiva compleja supone describir cualquier evento desde la triple perspectiva (simultáneas) del mesocosmos (lo perceptible, evidente y próximo a nuestra experiencia), el microcosmos (lo no perceptible por ser muy pequeño) y el macrocosmos (lo muy grande). Y otra perspectiva  del cambio y del tiempo, considerando el cambio del mundo como un cambio evolutivo (más bien una coevolución de los distintos sistemas complejos que lo habitan) e irreversible, que supere los enfoques fijistas, estáticos, fatalistas y cíclicos.

  • - Un mayor control y organización del propio conocimiento, de su producción y de su aplicación a la resolución de los problemas complejos y abiertos de nuestro mundo, superándose, por una parte, la dependencia de la cultura hegemónica y de sus valores característicos (con el desarrollo de actitudes de tolerancia, solidaridad, cooperación, etc.) y, por otra, la sumisión a los dictados del experto (técnicos, políticos). Supone, sobre todo, trabajar la transición desde la perspectiva del antagonismo (el motor de las cosas es el enfrentamiento, el egoísmo, la competencia, el dominio, etc.) hacia la de la complementariedad (solidaridad, altruismo, defensa de lo común, la unión hace la fuerza, la acción más eficaz se basa en la cooperación, todos dependemos de todos...).

Comparando comunidades locales

¿Es más compleja una comunidad humana local con una estructura organizativa jerárquica y piramidal que una comunidad con un tejido social más estructurado en redes democráticas basadas en la cooperación y la ayuda mutua?

En relación con el número de nodos puede haber empate: en ambos modelos tendríamos el mismo número de habitantes. Es más problemático el segundo criterio: la interconexión entre los nodos. ¿Es un problema de número de conexiones o de la cualidad de esas conexiones? Como analizamos en el apartado precedente la clave está en la naturaleza de las interacciones: en mi opinión, lo que mejor define una red no es el número de conexiones sino el tipo de interacciones que la organizan. Esta cuestión es clave desde la perspectiva de la resiliencia de ambos sistemas. Pensemos en una organización social piramidal (jerarquizada) y en una organización social en redes locales interconectadas y coordinadas. En la primera, la eliminación de un nodo puede significar la desorganización del conjunto (dada su verticalidad y las relacionen en cadena lineal). En la segunda, la eliminación de un nodo lo que lleva es a una reorganización de la red (por el predominio de la componente horizontal) que no supone poner en peligro su autoperpetucación.

Analicemos el tercer factor: la especialización de los nodos (diversidad). Aquí , de nuevo, caben dos interpretaciones (que se corresponden con los dos modelos comunitarios antes mostrados). La primera es que la diversidad se corresponde con la especialización de cada nodo en un aspecto concreto de la actividad humana (en definitiva, un  mundo dividido entre expertos competentes que saben y deciden y novatos incompetentes que no saben ni deciden).  La otra interpretación, es la de la polivalencia. Es decir, se trataría de potenciar al máximo la diversidad de capacidades que cada nodo pueda desarrollar. Evidentemente, en caso de colapso el primer modelo es mucho menos resiliente que el segundo. Y desde mi perspectiva, menos complejo.

Último criterio citado: cuánta más información fluye más complejo será el sistema. Pues depende de la perspectiva que utilicemos. Tal como he intentado mostrar antes, la calidad de la información es más importante que la cantidad, luego también ahí debemos optar ¿es más compleja una comunidad con muchísima información (lo que hay en la actualidad) pero de muy baja calidad (desde la perspectiva de una comprensión y actuación ajustada a los problemas del mundo), que otra que maneje menor cantidad de información pero mucho más significativa y relevante de cara a la resolución de dichos problemas?

Comparando agroecosistemas

¿Es menos complejo un grupo social organizado según los principios de la permacultura que otro grupo organizado según los principios de la agricultura industrial? Luis afirma que el capitalismo no es ineficiente (eficiencia energética) y que volviendo al caso de una empresa, en general son organizaciones diseñadas para aprovechar a tope el trabajo de las colectividades. Más adelante indica que las sociedades permaculturales que describe Eduardo son menos complejas (según los indicadores que uso) y, claramente, más deseables y resilientes. Pues bien, analicemos según sus propios criterios la complejidad y la eficiencia de una explotación agraria industrial (una empresa capitalista) y de un huerto en permacultura.

Número de nodos. En un bancal profundo en permacultura, que facilita el desarrollo de los sistema radicales de cada planta más en vertical que en horizontal, podemos poner plantones a muy corta distancia, con lo que el número de nodos por unidad de superficie es muy superior al del agroecosistema industrial. Y no digamos si por nodos nos referimos a los componentes del suelo: un compost de permacultura contiene innumerables oligoelementos de los que carece un abonado industrial. O de la propia naturaleza del suelo (en el industrial el suelo es un mero soporte inerte, en permacultura es un ecosistema rico en elementos vivos y no vivos).

Interconexión entre los nodos. En el industrial la complejidad de relaciones posibles se simplifica muchísimo. De hecho se pretenden eliminar las interacciones de todo tipo destruyendo el suelo, aportando solo los nutrientes más indispensables, potenciando el monocultivo, eliminando todo tipo de especies acompañantes que puedan beneficiar a nuestro cultivo, extinguiendo especies polinizadoras como ocurre con las abejas, creando ecosistemas uniformes y no ecosistemas en mosaico interconectados, y lo que es más grave: disociando el transporte de materiales (que se vuelve básicamente horizontal) de los ciclos naturales (por ejemplo,  ciclos de nutrientes en los que predomina el componente vertical). Todo lo contrario de los que ocurre en permacultura, donde se potencia al máximo la interacción de todo con todo  y el ajuste a los ciclos naturales (sin entrar en el tema de la riqueza de las relaciones interpersonales propias de uno y otro sistema, asunto que requeriría otro nuevo artículo).

Tercer criterio: la especialización de los nodos (diversidad). En permacultura, frente al monocultivo industrial, se potencia la biodiversidad, se emplean en un mismo bancal gran variedad de especies que se complementan y rotan cumpliendo con distintas funciones (aporte de nitrógeno, defensa ante plagas, atracción de insectos polinizadores, protección ante el viento para evitar la desecación, bosque de alimentos que mantiene la humedad y evita la insolación excesiva en verano, etc.). Además se busca la diversidad genética (como garantía de supervivencia) frente a la uniformidad genética del agroecosistema industrial, se crean suelos “vivos” (con acolchado protector) que coevolucionan con las plantas cultivadas, etc.

Cuarto criterio: cuánta más información fluye más complejo será el sistema. Parece claro que si entendemos aquí información como organización (es decir, un determinado flujo de energía ha dado forma y creado unas determinadas estructuras que a su vez condicionan el uso de esa energía), es mucho más compleja la organización de un huerto en permacultura/bosque de alimentos que la de una explotación agrícola industrial. Si vamos más allá de lo meramente tecnológico la comparación nos indica que las estructuras sociales basadas en la complementariedad (caso de la permacultura) son mucho más resilientes y complejas, que las estructuras sociales basadas en el antagonismo y la dominación, entre los humanos y entre éstos y el resto del mundo (caso de una explotación agrícola industrial).

En conclusión, creo que habría que relativizar ideas como el enunciado: las comunidades organizadas según los criterios de la permacultura son menos complejas que las comunidades sociales actuales piramidales y basadas en la dominación.

¿Por qué es importante este debate?

En mi ámbito de trabajo, pretendo educar a la población en relación con la temática del decrecimiento. Una de los mayores obstáculos que encontramos para superar el negacionismo y el conformismo, es el conflicto cognitivo y emotivo que se origina cuando una persona tiene que optar entre un razonamiento basado en los abundantes datos existentes sobre los límites biofísicos y el ideario colectivo en el que ha sido socializado (estilo de vida vivenciado, la idea de crecimiento ilimitado, la tecnolatría, etc).

Los datos de investigación nos indican que el cambio solo es posible posibilitando transiciones graduales y progresivas desde el pensamiento predominante hacia formas alternativas que incrementen la resiliencia de la población.  Y que siendo importante aportar los argumentos termodinámicos y ecológicos que ayudan a comprender el decrecimiento y posible colapso civilizatorio, también es esencial insistir en la idea de que tenemos opciones organizativas (sociales) para minimizar las consecuencias del choque (en definitiva, la esperanza como componente emotivo esencial para que se produzca un cambio de mentalidades).

Si se habla a la población de descomplejizar y de volver a formas de vida más sencillas hay que aclarar bien a qué nos referimos, si lo que pretendo es cambiar idearios colectivos.  Pongo un ejemplo. Si yo afirmo sin más el colapso conlleva reducir la población a mil millones de personas (tal como lo enuncia Carlos), posiblemente consiga asustar a mi público, pero tal emoción, por un proceso de disonancia cognitiva, no conseguirá que cambien su modelo mental sino más bien que se reafirmen en su posición negacionista. Creo más conveniente acompañar el argumento colapsista con argumentos “en positivo” que se basen en la idea de que en un contexto de decrecimiento/colapso se pueda mantener e incluso incrementar la complejidad de determinados subsistemas que sean vitales para asegurar la supervivencia de una mayoría de la población. Es decir, el enunciado citado no es más que una hipótesis, que se verificará o no dependiendo de cómo nos organicemos, pues, insisto, el problema no es la energía entrante (que dado que actualmente la despilfarramos en su mayor parte, podría dar de comer a la población actual), sino cómo el sistema utiliza esa energía.

Y a la hora  de educar y concienciar a la población es fundamental  transmitir la idea de que hay formas organizativas sociales de mucha mayor eficiencia energética que las actuales y  que pueden evitar una disminución tan radical de la población. No podemos llegar a la gente con un discurso sin salidas del tipo el colapso conlleva reducir la población a mil millones de personas. En relación con dicho enunciado pongo un ejemplo que empleo en mis charlas y debates sobre el tema: en el caso de los dos millones de habitantes de la provincia de Sevilla sólo con un 3% del territorio cultivado en permacultura podrían alimentarse todos sus habitantes (hay ejemplos de  huertos en régimen de permacultura/bosque de alimentos de  1000 metros cuadrados que dan de comer a cuatro personas). Este dato (junto a otros como la alta TRE de la permacultura, los nuevos modelos de organización puestos en práctica por los movimientos de transición, etc.) es fundamental para que la gente comprenda: primero, que ante los límites biofísicos hay que cambiar de modelo social, y segundo, que es posible (y ya hay referentes) construir nuevos modelos organizativos más resilientes. Es decir, la ciudadanía debe conocer tanto los riesgos como las alternativas que ya están experimentándose.

En definitiva, ¿el choque del Titanic abre o no una ventana al cambio? Parece que estamos de acuerdo en que no queremos la opción de un mundo tipo Mad Max. Entonces, si admitimos que no queremos la barbarie y que el choque es el fin del sistema capitalista (al respecto, otro debate es si en un mundo de baja energía podría mantenerse por mucho tiempo un ecofascismo que requiere mucha energía para sus sistemas de control de la población sean militares, policiales, jurídicos o educativos), ¿por qué no pensar en opciones revolucionarias en vez de dejar para el siglo XXII la posibilidad de otro estilo de vida y otros modelo de organización social más ajustado a la ecología del planeta?

Mi postura es que no debemos esperar a que la cosa evolucione poco a poco hasta un feliz siglo XXII, sino que debemos construir desde ya lo utópico, y pongo un ejemplo concreto. El choque con los límites biofísicos posiblemente se llevará por delante casi todo el sector servicios, tal como hoy lo conocemos, y dentro del mismo todo el sistema educativo institucionalizado. ¿Esto es un desastre u es una oportunidad? Desde mi punto de vista tanto el sistema educativo como otros mecanismos socializadores lo que han hecho hasta ahora es fomentar el pensamiento simplificador que convenía al modelo socioeconómico capitalista.  Es una hipótesis de trabajo; pero por una cuestión de mera supervivencia es posible que las comunidades poscolapso asuman progresivamente, por su mayor resiliencia,  formas de pensamiento más complejas. Y si esto fuera así ¿merece la pena o no crear ahora referentes que ayuden a incrementar la complejidad de los  sistemas de ideas o decidimos sin más que la involución en el conocimiento es algo inevitable? En otros términos ¿luchamos o no por posibilitar esa transición u optamos por dejar que el pensamiento simplificador  nos lleve a la barbarie? No sé si alguien negará que el incremento de la capacidad de resolver problemas, el tener una visión más global de los mismos, el comprender la causalidad compleja (las interdependencias y recursividades), etc. son componentes claves en un incremento de la resiliencia de la población ante el colapso.

En mi opinión, la transición desde las formas de pensar reduccionistas, parciales, egoístas, antagonistas, etc. hacia estas otras formas de pensar es un incremento clarísimo de complejidad, y creo que en esa batalla debemos estar todos y todas, y si no hay tiempo para llegar a la mayoría de la población intentemos al menos dejar un legado teórico y práctico que permita a las generaciones futuras enfrentar mejor un mundo con menos recursos que el actual.